Miguel Núñez • 11 septiembre, 2017
¿Puede un cristiano formar una sociedad de negocios con alguien que no comparte su fe? La respuesta no es tan sencilla como muchos quisieran, y el pastor Núñez la aborda con franqueza y fundamento bíblico. Aunque existe diversidad de opiniones al respecto, él sostiene que las Escrituras ofrecen orientación clara: el llamado a no unirse en yugo desigual, que Pablo expresa en 2 Corintios 6, no se limita al matrimonio. De hecho, ese capítulo no menciona el matrimonio en ningún momento; ese tema aparece en 1 Corintios 7. Lo que Pablo está haciendo es algo más amplio: advertirnos sobre el peligro que surge cada vez que un creyente entra en relación estrecha con quien no lo es.
El patrón no es nuevo. En el Antiguo Testamento, Dios le prohibió al pueblo judío casarse con pueblos paganos, y la razón no era racial sino espiritual: terminarían adorando dioses ajenos. Eso fue exactamente lo que le ocurrió a Salomón. En el Nuevo Testamento, el principio se mantiene: la mala compañía corrompe las buenas costumbres, y un socio de negocios con quien se convive a diario representa una influencia constante y poderosa.
Los conflictos no tardan en aparecer: uno quiere pagar todos los impuestos, el otro prefiere pagar solo una parte; uno ve un problema ético donde el otro no ve nada malo. Algunos sugieren que tener la mayoría de las acciones resuelve el problema, pero la influencia no se mide en porcentajes, sino en el contacto diario y en las conversaciones que moldean decisiones. Por eso, aunque esta práctica no sea motivo de disciplina eclesiástica, el pastor Núñez la desaconseja con firmeza: las consecuencias, dice, se han visto más de una vez.