Miguel Núñez • 27 noviembre, 2017
Cuando alguien que se llamaba cristiano se aparta de la fe y muere sin regresar, surge una pregunta dolorosa y profunda: ¿qué fue de su salvación? La respuesta que ofrece el pastor Miguel Núñez parte de una convicción reformada clara: la salvación verdadera no se pierde. Pero eso no significa que todo el que profesa fe la posea genuinamente.
Quienes se apartan y nunca regresan probablemente nunca fueron verdaderos creyentes. El pastor Núñez apoya esto en 1 Juan 2:19, donde Juan explica que aquellos que salieron de la comunidad lo hicieron para poner en evidencia que nunca habían pertenecido a ella de verdad. Judas es el ejemplo más claro: vivió cerca de Cristo, participó de sus milagros, y aun así nunca fue transformado de raíz. Lo mismo puede ocurrir con pastores que predican el evangelio durante años sin haber experimentado un verdadero nuevo nacimiento.
La parábola del sembrador ilumina esto con precisión. Algunas semillas brotan con entusiasmo visible, incluso con gozo, pero al no tener raíz suficiente, mueren cuando llegan las presiones del mundo. Cristo enseñó que esa semilla sin raíz representa a personas que escuchan la Palabra, muestran una respuesta inicial, pero carecen de una fe salvífica genuina que los sostenga a lo largo del tiempo.
Hay personas que están convencidas de la verdad sin estar convertidas por ella. Entienden el evangelio, sienten algo ante él, pero cuando dimensionan el costo de seguirlo, retroceden. Morir convencido sin haberse convertido es, como lo señala el pastor Núñez, una tragedia inmensa.