Miguel Núñez • 12 octubre, 2017
El dolor y el sufrimiento no son accidentes en la vida del creyente ni interrupciones del plan de Dios. Son parte integral de ese plan, diseñadas con un propósito claro: formarnos a la imagen de Cristo. Romanos 8:28 no promete simplemente que todo saldrá bien en un sentido superficial, sino que todas las cosas —incluyendo las más difíciles— cooperan para producir en nosotros el carácter del Hijo de Dios.
Este propósito se despliega de maneras concretas. El sufrimiento nos da una perspectiva más honesta de la vida caída en que vivimos y nos lleva a depender de Dios en lugar de nosotros mismos. Nos hace más empáticos con quienes sufren, porque es difícil consolar lo que nunca hemos experimentado. Pablo lo dice en 2 Corintios 1: Dios nos consuela para que nosotros aprendamos a consolar a otros con ese mismo consuelo. El dolor también profundiza nuestra gratitud cuando vemos la mano de Dios obrar, y nos enseña a escudriñar su Palabra con una urgencia que los tiempos fáciles raramente producen.
Una ilustración lo hace visible: cuando una mariposa lucha por romper su capullo, ese esfuerzo no es un obstáculo, sino el mecanismo que fortalece los músculos que le permitirán volar. Un niño que, por compasión, rompió el capullo antes de tiempo descubrió que la mariposa nunca pudo levantar el vuelo. De la misma manera, la tribulación ejercita los músculos de la fe.
El pastor Núñez, hablando desde su propia experiencia, confirma que sus momentos de mayor crecimiento siempre llegaron en tiempos de dificultad. La tribulación produce paciencia, la paciencia carácter probado, y ese carácter genera una esperanza que no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo.