Miguel Núñez • 30 marzo, 2017
Bacterias, virus y enfermedades no pertenecen a la misma categoría, y entender esa distinción es clave para comprender la bondad de Dios como Creador. Los microorganismos —bacterias, virus, parásitos, hongos— son criaturas con vida propia que Dios diseñó con propósitos específicos dentro de su creación. Las enfermedades, en cambio, no son organismos independientes, sino el resultado de la disfunción de órganos y sistemas, algo que llegó como consecuencia de la caída del hombre.
La sabiduría de Dios se ve claramente en el rol que estas criaturas microscópicas cumplen en el orden natural. Las bacterias intestinales ayudan a producir vitamina K, esencial para la coagulación de la sangre. Las bacterias de la boca protegen contra organismos oportunistas. En la naturaleza, bacterias, hongos y parásitos descomponen los árboles caídos, devolviendo sus nutrientes a la tierra y completando el ciclo biológico. Nada de lo que Dios creó carece de propósito beneficioso.
Lo que cambió con la caída no fue la existencia de estos microorganismos, sino la manera en que afectan al ser humano. El pastor Miguel Núñez lo ilustra con ejemplos del mundo animal: los perros callejeros consumen cosas que matarían a una persona en días, y los animales salvajes comen carne cruda sin enfermarse, porque Dios les dio sistemas inmunológicos robustos. El ser humano también fue diseñado con ese tipo de protección, pero la caída comprometió su funcionamiento. En un mundo sin caída, esas mismas bacterias y virus no habrían representado amenaza alguna para el hombre.