Miguel Núñez • 5 octubre, 2017
La infidelidad conyugal es una de las heridas más profundas que puede experimentar un matrimonio, y cuando es la esposa quien la comete, el peso sobre el hombre puede ser especialmente aplastante. El orgullo masculino, tan arraigado en la cultura latinoamericana, hace que perdonar sea un camino más largo y más empinado. Pero el pastor Núñez señala que el lugar donde el esposo cristiano debe comenzar no es su dolor, sino su modelo: Cristo mismo, quien como esposo de la iglesia ha perdonado su infidelidad una y otra vez, sin límite.
Desde esa perspectiva, el perdón no es solo una posibilidad, sino una obligación de amor. Y para transitarlo honestamente, el esposo necesita hacer una evaluación personal: en la mayoría de los casos, algo de lo que ocurrió tiene raíces en descuidos propios, como la frialdad, la dureza, la indiferencia o priorizar el trabajo y los amigos por encima de la relación. Reconocer esa contribución no significa cargar con la culpa del adulterio, que sigue siendo responsabilidad de quien lo cometió, pero sí abre la puerta a pedir perdón por lo propio y a perdonar con mayor profundidad.
El perdón, en este camino, comienza como un acto de obediencia. Cristo fue claro: quien no perdona no será perdonado. Pero lo notable es que ese acto de obediencia, cuando se hace bien y con acompañamiento, puede transformarse en algo dulce. Dios tiene la capacidad de convertir ese proceso en el punto de partida de una relación matrimonial más sana y más profunda que la que existía antes de la crisis.