Miguel Núñez • 23 mayo, 2018
Las relaciones de noviazgo que nacen a través de las redes sociales pueden parecer una opción viable en el mundo conectado de hoy, pero presentan limitaciones serias que vale la pena considerar con honestidad. Conocer a alguien no se reduce a intercambiar mensajes, correos o chats con frecuencia. Requiere algo que las pantallas no pueden ofrecer: convivencia real, presencia física, vida compartida dentro de una comunidad.
El pastor Miguel Núñez señala que incluso parejas que se conocen en persona, que viven en la misma ciudad y llevan años relacionándose, muchas veces no se conocen verdaderamente bien. Cuánto más, entonces, cuando la relación entera transcurre a distancia y de manera impersonal. Una comunidad de amigos y hermanos en la fe tiene un papel insustituible en el proceso: puede observar la relación, hacer señalamientos útiles, servir de modelo y brindar consejería pastoral. Nada de eso es posible cuando el noviazgo existe, como se diría en inglés, "en un vacío".
También llama la atención sobre ciertas plataformas diseñadas para emparejar personas según listas detalladas de preferencias físicas y personales. Ese enfoque revela un egocentrismo sutil: la idea de que nosotros podemos —y debemos— diseñar al compañero ideal. El pastor Núñez recuerda que Dios, en su soberanía, suele regalarnos algo mejor de lo que habríamos pedido, aunque no tenga los colores ni la forma que imaginábamos.
Hay excepciones, y el pastor las reconoce con genuina humildad. Pero las excepciones no hacen la regla. Lo sabio es cultivar relaciones personales, dentro de una comunidad, con tiempo suficiente, y dejar que Dios haga las excepciones que a Él le plazca.