Miguel Núñez • 15 junio, 2018
Emigrar a otro país en busca de una vida mejor es una realidad para millones de personas, pero cuando ese movimiento se realiza de manera ilegal, entra en conflicto directo con la enseñanza bíblica. La Palabra de Dios llama a los creyentes a respetar las leyes de las naciones, y violar esas leyes no es un asunto menor: es también violar la ley de Dios, que ordena sujeción a las autoridades. Además, actuar fuera de la legalidad daña el testimonio cristiano y pone en entredicho la integridad de la fe ante quienes nos observan.
Pero ¿qué ocurre cuando alguien llegó ilegalmente a un país y después se convirtió? El pastor Núñez aborda esta situación con honestidad pastoral: lo primero es explorar todas las vías disponibles para legalizar el estatus migratorio, por lentas que sean. Si esa posibilidad no existe, el creyente debería considerar seriamente si Dios le está hablando a través de esa situación, llamándolo a regresar a su país de origen. Quizás salió sin consultar a Dios, y las dificultades que enfrenta son consecuencia de ese movimiento no aprobado.
El problema de fondo no es la emigración en sí, sino la disposición a pecar para conseguir lo que se desea. Pagar para cruzar ilegalmente una frontera es, en esencia, pagar para pecar, y Dios no bendice lo que Él no aprueba. Cuando las cosas no salen bien, es tentador pensar que Dios no ayuda, pero a veces la raíz del problema está en que todo comenzó torcido. Quien se encuentre en esta situación hará bien en buscar a su pastor local para discernir juntos el camino a seguir.