Miguel Núñez • 18 septiembre, 2017
Dudar de la salvación no es simplemente un problema emocional o espiritual: en la mayoría de los casos, es un problema teológico. Cuando a un creyente se le ha enseñado que la salvación puede perderse, es natural que en momentos de pecado o debilidad sienta que ya no está en gracia. Esa mala enseñanza es, según esta conversación, la causa más común de la duda.
Pero hay otra cara de la moneda. Quien ha sido bien formado en la fe —quien conoce pasajes como Filipenses 1:6, Juan 10:28-29 y Romanos 8:37-39— tiene bases sólidas para descansar. Esos textos no dejan espacio para la incertidumbre: la obra que Cristo comenzó, Él la completará; nadie puede arrebatar al creyente de la mano de Dios; ni la muerte, ni la vida, ni ninguna cosa creada —y eso nos incluye a nosotros mismos— puede separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús.
Sin embargo, existe una duda diferente y más profunda que merece atención: no la de haber perdido la salvación, sino la de si alguna vez se tuvo. El pastor Núñez comparte que ha acompañado a personas —incluso a pastores— que llegaron a descubrir que nunca habían nacido de nuevo. Mateo 7:22-23 lo ilustra con claridad: Cristo no dice "los conocí y los perdí", sino "jamás los conocí".
Esa pregunta —¿realmente me convertí?— lejos de ser perturbadora, es legítima y saludable. Todo creyente debería hacérsela al menos una vez. Y la buena noticia es que quien llega a ese punto con honestidad puede, por primera vez de verdad, arrepentirse y nacer de nuevo.