Miguel Núñez • 13 noviembre, 2017
La enfermedad mental no puede arrebatarle a un creyente lo que Dios mismo le dio. Esa es la certeza que atraviesa esta enseñanza: la salvación no depende del estado mental, emocional ni físico de quien la recibe, sino únicamente de la decisión soberana de Dios. Filipenses 1:6 recuerda que quien comenzó la buena obra la completará, y Juan 10 asegura que nadie puede arrebatar al creyente de las manos del Padre. Si ni la muerte, ni la vida, ni ninguna otra cosa creada puede separarnos del amor de Dios —como declara Romanos 8— una enfermedad mental tampoco puede hacerlo.
El pastor Miguel Núñez lo dice con una claridad pastoral que consuela: Dios otorgó la salvación cuando el creyente estaba en pleno uso de sus facultades, y no la retirará ahora que ese mismo creyente enfrenta mayor debilidad e insuficiencia. La gracia no se mide por la capacidad humana.
La enseñanza también abre otra pregunta más difícil: ¿puede una enfermedad mental impedir que alguien alcance la salvación? La respuesta descansa en la doctrina de la elección: Dios escogió a su pueblo desde antes de la fundación del mundo, antes de cualquier enfermedad, antes de cualquier limitación. Esa elección precede y trasciende toda condición humana.
Donde la teología no alcanza a dar respuestas completas, la fe descansa en el carácter de Dios. Él es bondadoso, sabio y justo, y ninguna elección que Él haya hecho puede ser mejorada por ningún otro. Ahí es donde el alma encuentra paz.