Miguel Núñez • 24 julio, 2018
¿Qué sucede con los bebés y niños que mueren antes de poder comprender el pecado y responder al evangelio? Esta pregunta, que el pastor Núñez llama "la pregunta de los siglos", toca fibras muy profundas en el corazón humano. La respuesta más extendida entre los teólogos apunta a una "edad de responsabilidad": antes de alcanzarla, el niño estaría automáticamente en gloria; después, sería juzgado como cualquier adulto. Pero el pastor Núñez disiente de esta posición, y lo hace con razones tanto teológicas como prácticas.
El primer problema es bíblico: Efesios 1 enseña que Dios eligió a los suyos desde la eternidad pasada, para alabanza de su gracia. Si la salvación ya fue determinada antes del tiempo, ninguna edad cronológica puede ser el factor decisivo. El segundo problema lo plantea desde su experiencia como médico. Si todos los niños que mueren antes de "la edad de responsabilidad" van al cielo, entonces bajar la mortalidad infantil —algo que la ciencia y la medicina hacen con esfuerzo— resultaría en que más niños alcancen esa edad, y con ello, que más terminen condenados si no creen. Eso significaría que el avance científico influye en cuántas almas llegan a la gloria, una conclusión que no puede sostenerse bíblicamente.
Hay también una tendencia humana a valorar las almas de manera distinta según la edad: un niño que muere nos parece más trágico que un anciano. Pero para Dios, toda alma tiene el mismo peso. La conclusión es firme y descansada: niños, jóvenes y ancianos van a donde el eterno consejo de Dios, en su gracia, amor, misericordia y sabiduría, ya había determinado desde antes de la fundación del mundo.