Miguel Núñez • 14 julio, 2017
La mentira no es simplemente un mal hábito que se puede corregir con voluntad. Es una expresión profunda de la naturaleza caída del ser humano. El Salmo 116:11 lo dice con claridad: "todo hombre es mentiroso". Desde esa realidad parte esta enseñanza, reconociendo que la tendencia a mentir no es accidental sino constitutiva de lo que somos fuera de la gracia de Dios.
Las razones por las que mentimos son múltiples: la vergüenza, el temor a las consecuencias, el deseo de obtener o esconder algo. Pero detrás de todas esas razones hay una raíz común: el temor. El ejemplo de Pedro negando a Jesús lo ilustra bien. No fue frialdad ni traición calculada, sino miedo. Lo mismo ocurre con un niño que le miente a su padre sobre lo que comió de la nevera: miente porque teme el castigo. Ese temor, en última instancia, nace de no conocer verdaderamente a Dios, de no haber experimentado su gracia y su bondad de manera que nos dé seguridad para vivir en la verdad.
La solución, entonces, no es simplemente esforzarse más. Es la santificación. En la medida en que el creyente camina con Dios, el Espíritu desarrolla en él mayor dominio propio, y el pecado comienza a saber amargo. El carácter de Cristo se va formando, y con él crece el amor a la verdad y el rechazo a la mentira. Cristo no dijo "yo digo la verdad", sino "yo soy la verdad", porque la veracidad es su naturaleza misma.
Mientras vivamos en este cuerpo, los pecados residuales seguirán presentes. Pero la regeneración inicia un proceso real de transformación, y la glorificación final nos librará completamente de esta lucha.