Miguel Núñez • 27 junio, 2018
La educación sexual de los hijos se ha convertido en un tema tabú entre los cristianos, pero no porque sea un asunto intrínsecamente vergonzoso, sino porque la mayoría de los adultos aprendieron sobre sexualidad a través de fuentes distorsionadas: revistas, películas e internet que presentaron el tema de manera pecaminosa y seductora. Esa distorsión aprendida es la que genera el silencio, y ese silencio le cede a la sociedad el terreno que los padres deberían ocupar.
La clave para romper ese tabú está en tratar los órganos genitales con la misma naturalidad con que se habla de cualquier otra parte del cuerpo. No tenemos vergüenza de nombrar la nariz, los ojos o el hígado, porque reconocemos que son parte de la creación de Dios. Los órganos genitales no son distintos en ese sentido: tienen nombre, tienen función, y fueron diseñados por Dios con un propósito específico. Llamarlos por apodos o evitar nombrarlos ya es contribuir al problema.
El pastor Núñez comparte una experiencia que ilustra cuánto está en juego. Cuando fue invitado a dar una charla de educación sexual a niños de sexto y séptimo grado, quedó impactado por el nivel de conocimiento distorsionado que ya tenían: preguntaban sobre parejas del mismo sexo, bancos de esperma y fertilización asistida. Esos niños no llegaron a esas preguntas solos; la sociedad ya los había estado educando.
Los padres y la iglesia no pueden seguir callando mientras el mundo habla. La tarea es enseñar desde la creación y el diseño de Dios, con claridad, con naturalidad y antes de que otras voces llenen ese espacio.