Miguel Núñez • 14 junio, 2017
La mayoría de los creyentes nacidos de nuevo no participan activamente en la Gran Comisión, y esa realidad merece una respuesta honesta que va más allá de la culpa fácil. Las razones son múltiples y tienen que ver con el púlpito, con la etapa de vida de cada persona y con la ignorancia bíblica. Cuando la predicación no instruye ni motiva, los oyentes simplemente no desarrollan la sensibilidad necesaria para involucrarse. Y cuando alguien no estudia la Biblia por cuenta propia, se priva de los pasajes que avivan la pasión por los perdidos y de la relación con Dios que produce esa misma pasión.
A esto se suma una confusión muy común: pensar que cumplir la Gran Comisión significa cruzar el océano para ir al África o al Asia. Pero el llamado de Cristo no señala una geografía específica, sino que acompaña al creyente dondequiera que vaya. El pastor Núñez lo dice claramente: la misión comienza en el hogar, con los propios hijos, y se extiende hacia las personas que están alrededor. Lo que se requiere no es un pasaporte, sino un amor intencional y una pasión deliberada por alcanzar a quienes aún están perdidos.
También ocurre que muchos creyentes canalizan toda su energía hacia actividades dentro de la iglesia —un grupo de jóvenes, un estudio bíblico para parejas— y sienten que con eso ya han cumplido. No está mal participar en esas cosas, pero el reto es no perder de vista al perdido. La invitación final es doble: entender con claridad qué es realmente la Gran Comisión y pedirle a Dios que revele a cada creyente cuál es su lugar específico dentro de ella.