Miguel Núñez • 29 junio, 2018
La tensión entre el servicio en la iglesia y la atención a la familia es real, y muchos creyentes —especialmente líderes— la han resuelto de manera equivocada. La Biblia, sin embargo, es clara en cuanto al orden de prioridades. El pastor Núñez señala que 1 Timoteo 3 establece que quien desea ser pastor u obispo debe primero gobernar bien su propia casa, con hijos obedientes y sometidos. La pregunta que el texto hace es directa: si alguien no sabe gobernar su hogar, ¿cómo podrá gobernar la iglesia? Esa lógica no aplica solo a los pastores, sino a todo creyente.
El razonamiento es este: Dios coloca al líder delante de la congregación para que modele lo que todos deben vivir. Si el pastor tiene que priorizar su hogar para poder servir con integridad a la iglesia, entonces esa misma prioridad le corresponde a cada creyente. El testimonio de la familia no es un asunto secundario; es la condición que habilita o invalida el servicio en la congregación.
Sin embargo, priorizar la familia no significa convertirla en un ídolo. Hay familias que caen en lo que el pastor Núñez llama ser "familiocéntricas": tan centradas en el núcleo familiar que no queda espacio para ningún tipo de servicio. Eso tampoco es bíblico. Dios llama a las familias a encontrar formas de servir juntas a la iglesia.
Finalmente, el momento de vida importa. Con hijos pequeños, la demanda del hogar es mayor; con hijos adolescentes o adultos, hay más disponibilidad para servir. Reconocer esas etapas ayuda a balancear las responsabilidades sin descuidar ninguna.