Miguel Núñez • 14 mayo, 2018
¿Mereció Jesús morir en la cruz si nunca pecó? La pregunta parece contradictoria, pero la respuesta abre una de las verdades más profundas del evangelio. Cristo, antes de llegar al Calvario, no merecía condenación alguna —era absolutamente santo, aquel que, como dice 2 Corintios 5:21, no conoció pecado. Pero algo ocurrió en la cruz que lo cambió todo: Dios lo hizo pecado por nosotros.
La clave está en entender la sustitución. Cristo no murió como víctima de una injusticia divina, sino como quien voluntariamente tomó sobre sus hombros la culpa ajena. El pastor Núñez lo ilustra con una imagen sencilla: si alguien asume ante el banco la deuda de otro y firma los documentos correspondientes, entonces ese alguien —no el deudor original— es quien ahora responde legalmente por esa deuda. Cristo hizo algo así, pero de alcance eterno: tomó nuestra culpa, se constituyó en deudor secundario, y mereció lo que a nosotros nos correspondía.
Romanos 3:20–26 confirma que en ese acto Dios no actuó con arbitrariedad sino con justicia plena. Al exhibir públicamente a su Hijo como propiciación, Dios vindicó su ley y al mismo tiempo abrió el camino para justificar al pecador. Si Cristo no hubiera merecido morir en ese momento —habiendo tomado el pecado sobre sí—, entonces Dios habría sido injusto al clavarlo.
El abandono que Cristo experimentó en la cruz —"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"— no fue un grito emocional vacío. Fue la realidad de quien cargó con el pecado de la humanidad y experimentó la soledad que nosotros hubiéramos sufrido en una condenación eterna. Él murió para que nosotros tengamos vida.