Miguel Núñez • 4 abril, 2017
¿Fue Jesús verdaderamente Dios mientras vivió en la tierra, o tuvo que renunciar a su divinidad para hacerse hombre? La pregunta no es menor, porque si Cristo dejó de ser Dios en la encarnación, entonces Dios cambió, y eso contradice directamente lo que las Escrituras enseñan sobre su inmutabilidad. Malaquías 3.6, Hebreos 13.8 y Santiago 1.17 son contundentes: Dios no cambia. No hay sombra en él, no hay paso de un estado a otro. Si Dios es inmutable, es una imposibilidad que Cristo haya dejado su condición divina para simplemente convertirse en hombre.
El pasaje que genera la confusión es Filipenses 2, donde se dice que Cristo "se despojó a sí mismo". La clave está en entender de qué se despojó. No fue de su omnipotencia —la mostró al calmar la tormenta. No fue de su omnisciencia —la ejerció cuando supo que alguien lo había tocado entre la multitud y que poder había salido de él. Lo que Cristo puso a un lado fueron su gloria, la adoración de los seres celestiales y los privilegios que le correspondían. Sus atributos divinos permanecieron, pero los usó selectivamente, según lo requería la misión que le había sido encomendada.
En la encarnación, Cristo era al mismo tiempo 100% Dios y 100% hombre, no una mezcla extraña de ambos, sino verdaderamente los dos. Tenía cuerpo humano, mente humana y espíritu humano, y al mismo tiempo mente divina y espíritu divino. Por eso pudo tener sed, hambre y cansancio, y también conocer los pensamientos de los hombres. Lucas 2 dice que crecía en sabiduría, y eso es cierto en su humanidad. Que conociera el corazón de las personas también es cierto, pero desde su divinidad. Ambas realidades coexistieron en una sola persona, y ese misterio, aunque no lo comprendamos del todo, es el corazón de lo que la fe cristiana confiesa sobre Jesucristo.