Miguel Núñez • 3 julio, 2018
La pregunta parece sencilla, pero toca uno de los misterios más profundos de la fe cristiana: si Jesús y el Padre son uno, ¿cómo pudo Jesús en Getsemaní pedir que la voluntad del Padre se hiciera y no la suya? La respuesta no está en una contradicción, sino en la realidad de las dos naturalezas de Cristo.
Jesús era plena y simultáneamente Dios y hombre. Para ser verdaderamente humano necesitaba no solo un cuerpo humano, sino también un espíritu humano. La iglesia primitiva condenó como herejía cualquier postura que negara esto, porque un ser con cuerpo humano pero sin espíritu humano no es un hombre real. Esa doble naturaleza también implicaba una doble mente: la mente divina, que lo conoce todo desde siempre, y la mente humana, que crecía en sabiduría tal como lo registra Lucas 2:52. Y de la misma manera, Jesús tenía una voluntad divina y una voluntad humana.
Cuando Jesús fue a Getsemaní, no estaba orando como la segunda persona de la Trinidad, sino como el Dios-hombre en su condición humana. Era su voluntad humana la que temblaba, la que hacía que sudara gotas de sangre. Al decir "no se haga mi voluntad, sino la tuya", Jesús estaba sometiendo esa voluntad humana a la voluntad divina del Padre. El pastor Núñez lo ilustra de manera cercana al señalar que, así como en un creyente conviven el espíritu humano y el Espíritu Santo, en Jesús coexistían el espíritu humano y su propio Espíritu divino.
Getsemaní no revela una fractura en la Trinidad. Revela a un Salvador que cargó nuestra humanidad hasta sus límites más extremos, y que en medio de ese peso eligió obedecer.