Miguel Núñez • 17 abril, 2017
Cuando alguien vive en una ciudad donde parece no haber una iglesia de sana doctrina, la respuesta más urgente no es buscar alternativas externas, sino hacerse una pregunta honesta: ¿qué es realmente sana doctrina? Esa distinción lo cambia todo. No toda diferencia de opinión o práctica convierte a una congregación en hereje. Hay convicciones periféricas —como la forma del bautismo, por ejemplo— en las que dos creyentes pueden discrepar sin que eso afecte lo esencial del evangelio.
Lo que verdaderamente importa es si la iglesia cree y predica el evangelio tal como la Palabra de Dios lo presenta: que Jesucristo es el único camino al Padre y que en él está la salvación del hombre. Si esa iglesia, aunque imperfecta en algunos puntos, sostiene ese núcleo, entonces lo más sabio es congregarse allí, someterse a su liderazgo y contribuir a su vida espiritual. La presencia de un creyente con convicciones firmes puede enriquecer profundamente a esa comunidad.
Ahora bien, si la iglesia sostiene creencias genuinamente herejes, no es posible unirse a ella. En ese caso, el creyente puede alimentarse a través de libros, radio e internet, y orar pidiendo que Dios abra un estudio bíblico que quizá termine convirtiéndose en una iglesia. El ejemplo del etíope bautizado por Felipe, que regresó a su tierra sin comunidad conocida, recuerda que la obra de Dios no se detiene por falta de estructura.
El pastor Miguel Núñez comparte que él mismo pasó varios años en Estados Unidos congregado en una iglesia con la que no concordaba en todo, y que aun así Dios lo usó allí. La invitación final es a ser cauteloso al etiquetar, humilde al integrarse, y sabio al pedir dirección a Dios.