Miguel Núñez • 6 noviembre, 2017
Lutero y Calvino son los dos nombres más asociados a la Reforma Protestante, pero no fueron hombres intercambiables. Cada uno dejó una huella distinta, y entender esa diferencia ayuda a valorar mejor lo que el movimiento reformado nos ha legado.
Martín Lutero llegó a la fe a través de una tormenta emocional profunda. Incapaz de encontrar paz consigo mismo, atrapado en confesiones y mortificaciones que nunca le traían alivio, descubrió que Dios otorga su justicia al pecador por gracia y por fe, a través de la persona y el sacrificio de Cristo. Esa experiencia forjó un carácter apasionado e impulsivo que lo llevó a atreverse a cosas extraordinarias: quemar la bula papal que lo excomulgaba, enfrentarse al poder de la iglesia de Roma y del mismo imperio, y decirle a Erasmo —con su característico lenguaje sin filtros— que conversar con él era como poner estiércol en una bandeja de plata. El legado de Lutero es fundamentalmente el valor, la confianza en la Palabra y la recuperación del Evangelio.
Juan Calvino llegó después, en un momento en que la fe protestante ya tenía cierto terreno ganado. Su temperamento era más pausado y reflexivo, y aunque llegó a Ginebra casi de paso —convencido por la amenaza solemne de Farel de que Dios lo maldeciría si no se quedaba—, terminó construyendo una teología más sistemática y completa. Su aporte más distintivo fue una cosmovisión cristiana que abarcaba toda la vida: la educación, la ciencia, las artes, la música, todo visto a través de los lentes de la Biblia.
En síntesis, el pastor Núñez propone que a Lutero le debemos la recuperación del Evangelio, y a Calvino, la sistematización de la teología y una cosmovisión cristiana que transformó a Occidente. Ambos legados son necesarios, y uno no puede entenderse bien sin el otro.