Miguel Núñez • 18 mayo, 2018
Una pregunta aparentemente sencilla sobre Éxodo 20:21 esconde una tensión real: ¿cómo puede Moisés acercarse a la "oscuridad" donde estaba Dios, si la misma Biblia afirma que Dios es luz? La respuesta no está en una contradicción teológica, sino en una diferencia de traducción. La versión Reina Valera 1960, aunque valiosa, utiliza la palabra "oscuridad", mientras que traducciones más literales como la Biblia de las Américas hablan de una "densa nube". Esa distinción lo cambia todo.
La nube, a lo largo de toda la Escritura, es el símbolo por excelencia de la gloria y la presencia de Dios. El pastor Núñez recorre varios momentos donde este simbolismo aparece con fuerza: la nube sobre el Arca del Pacto en el Tabernáculo, la densa nube que llenó el templo en la inauguración de Salomón —tan sofocante que los levitas tuvieron que salir—, y las visiones de Ezequiel, donde la nube se levanta gradualmente del Arca, se desplaza al umbral del templo, luego a la cima del monte, y finalmente desaparece. Ese movimiento pausado era el juicio de Dios alejándose de Israel, y el pueblo, endurecido, no lo notó.
Ese alejamiento duró cuatrocientos años, hasta que la gloria de Dios regresó la noche en que Cristo nació, cuando su resplandor brilló sobre los pastores en el campo. La nube densa de Éxodo no habla de tinieblas, sino de la presencia tan intensa de Dios que lo natural no alcanza para contenerla.