Miguel Núñez • 5 junio, 2017
Las divisiones dentro del cristianismo no son un accidente histórico ni una falla del diseño divino. Tienen raíces profundas en algo muy humano: nuestra naturaleza pecadora, que nos lleva a ver, evaluar y enfatizar las cosas de manera diferente. Si todos fuéramos perfectamente conformados a la imagen de Cristo, habría una unidad plena en la iglesia. Mientras tanto, las denominaciones son el reflejo visible de nuestras limitaciones.
Existen dos grandes razones por las que surgen las denominaciones. La primera son las interpretaciones distintas de un mismo texto bíblico. La segunda son los énfasis diferentes, aunque a veces se interprete el texto de la misma manera. Un ejemplo histórico notable es la separación de la iglesia ortodoxa rusa de Roma por una sola frase en el credo: la famosa cláusula filioque, que afirma que el Espíritu Santo procede del Padre "y del Hijo". Una diferencia que a muchos puede parecer pequeña fue suficiente para una ruptura de siglos.
Otras divisiones tienen que ver con prácticas como el bautismo. Los presbiterianos bautizan niños como señal de bienvenida a la comunidad cristiana, mientras que los bautistas entienden el bautismo como un testimonio público de fe personal ya profesada, lo que hace sin sentido bautizar a quienes aún no pueden creer ni hablar. También el gobierno de la iglesia —congregacional o presbiterial— ha llevado a grupos a caminar bajo sombrías distintas.
Dios, en su soberanía, trabaja a través de todos estos colores y sabores, con nuestras diferencias y limitaciones. La plena unidad llegará cuando todos alcancemos la imagen del hombre perfecto, en el reino de los cielos.