Miguel Núñez • 24 abril, 2018
La enemistad que durante siglos ha marcado al Oriente Medio no tiene una causa única ni simple, y la Biblia ayuda a entenderla desde más de un ángulo. Muchos señalan el libro de Génesis como punto de partida: Abraham recibió la promesa de un hijo, pero Sara, al dudar de que esa promesa se cumpliría, entregó a su criada Agar para que concibiera. De esa unión nació Ismael, y años después nació Isaac, el hijo prometido. Los descendientes de ambos tomaron caminos distintos, formaron pueblos distintos, y en esa antigua separación hay quienes ven la raíz del conflicto.
Sin embargo, Santiago 4:1 señala algo más profundo: las guerras y contiendas entre los hombres nacen de las pasiones que luchan dentro del corazón humano. Los pueblos del Medio Oriente, en su gran mayoría, no han recibido la revelación bíblica ni han reconocido a Cristo como Señor y Redentor. Y sin Cristo, no hay agente de reconciliación. Quien permanece irreconciliado con Dios permanece también irreconciliado consigo mismo y con los demás.
A esto se suma un pleito territorial con raíces históricas profundas. Los judíos reclaman una tierra que Dios prometió a Abraham, de la que fueron expulsados, y a la que comenzaron a regresar en 1948 por providencia divina. Los pueblos árabes que habitaban esa región cuando se dio el retorno se sintieron desplazados, y también reclaman un derecho. Ninguno ha podido ceder, porque las pasiones del corazón no lo permiten.
Lo que resulta especialmente revelador es que los propios países árabes vecinos —Irak, Irán, Jordania, Arabia Saudita— no han integrado a los palestinos en sus naciones ni les han reconocido nacionalidad. El pueblo palestino queda atrapado entre quienes dicen defenderlo y quienes los rechazan. El pastor Núñez concluye con convicción: este conflicto no cesará hasta que Cristo regrese y resuelva lo que ningún esfuerzo humano ha podido resolver.