Miguel Núñez • 9 noviembre, 2017
El Espíritu Santo no aparece explícitamente en ninguna de las cinco solas de la Reforma, pero eso no significa que esté ausente de ellas. Su presencia es inseparable de cada una. En la sola Scriptura, porque fue el Espíritu Santo quien inspiró las Escrituras. En la sola fide, porque es Él el agente de la Trinidad a través del cual Dios nos regenera, y sin regeneración no hay fe salvadora. En la sola gratia, porque cuando Dios nos da salvación por gracia, quien viene a morar en el creyente es precisamente la persona del Espíritu Santo. En el solus Christus, porque fue el Espíritu quien ungió a Cristo en el Jordán, quien lo sostuvo en la cruz y quien lo levantó de entre los muertos. Y en la soli Deo gloria, porque es el Espíritu quien nos capacita para glorificar a Dios. Lejos de estar ignorado, el Espíritu Santo está tejido en el interior de cada sola.
Pero hay una razón histórica igualmente importante para entender su ausencia como bandera explícita. Las cinco solas surgieron como respuesta directa a los errores que Roma estaba enseñando en ese momento: la autoridad de la tradición, el mérito de las obras, la contribución humana a la salvación, la mediación de la Iglesia y la gloria compartida con el hombre. La doctrina del Espíritu Santo no era el punto que estaba siendo distorsionado de manera urgente, y por eso no requería ser enarbolada como contraseña de combate. Así funciona la historia: cada época defiende lo que está en juego en ese momento. Atanasio, por ejemplo, defendió la divinidad de Cristo porque eso era lo que se disputaba en el siglo IV, no porque lo demás no importara.
Crear una sola para cada verdad que se cree tampoco sería el camino. Las cinco solas no pretenden ser un compendio de toda la teología cristiana, sino la columna vertebral de la doctrina de la salvación, de la que todo lo demás se desprende. Reconocer eso ayuda a leer estas afirmaciones con inteligencia histórica y gratitud teológica, sin ver ausencias donde en realidad hay profundidad.