Miguel Núñez • 28 junio, 2017
La muerte de Cristo no fue un accidente ni simplemente un acto de amor: fue una necesidad moral que nace del carácter mismo de Dios. Cuando Adán y Eva pecaron en el jardín del Edén, no solo desobedecieron un mandato; violaron la ley de Dios y arrastraron a toda la humanidad a una naturaleza pecadora heredada. Desde ese momento, cada hijo de Adán nació a su imagen y semejanza después de la caída, es decir, con esa misma naturaleza corrompida. El problema no era solo el pecado humano, sino la justicia divina que exigía una respuesta.
Ante esa realidad, Dios tenía, desde nuestra perspectiva, dos caminos posibles. Podía enviar a todos a la condenación y su justicia quedaría satisfecha, pues nadie podría cuestionarlo. O podía enviar a alguien que muriera en nuestro lugar, cumpliendo así la ley que nosotros rompimos. Eso fue exactamente lo que hizo al entregar a su Hijo. Cristo vivió una vida de perfecta obediencia a la ley de Dios, y luego murió en un madero derramando su sangre para el perdón del pecado.
Es aquí donde Romanos 3 ilumina todo el cuadro. Pablo explica que Dios exhibió públicamente a su Hijo en la cruz precisamente para que su justicia quedara de manifiesto. La cruz no es solo el lugar donde Dios muestra su amor; es el lugar donde Dios es justo y a la vez justificador del pecador que cree. Lejos de pasar por alto su ley, Dios la hizo cumplir en Cristo.
Por eso la cruz es única e incomparable. El universo entero revela la majestad, el poder y la sabiduría de Dios, pero es en la cruz donde se despliegan sus atributos morales: su justicia, su amor, su gracia, su misericordia. Ninguna otra realidad en la creación puede reflejar todo eso a la vez.