Miguel Núñez • 31 julio, 2017
Legalizar el aborto bajo cualquier circunstancia —incluso las más invocadas, como la violación, las malformaciones congénitas o el riesgo para la salud de la madre— exige comenzar por una pregunta previa e ineludible: ¿qué es exactamente lo que se elimina? La respuesta biológica es clara: el embrión crece, tiene metabolismo y se divide, lo que por definición científica lo hace una vida. Y dado que está compuesto de cromosomas humanos provenientes de padres humanos, es una vida humana. Partiendo de ahí, eliminarla es un homicidio, sin importar las circunstancias que lo rodean.
Frente al caso de la violación, el pastor Núñez señala algo que suele ignorarse: el trauma de la mujer lo causa la violación, no el embarazo. El aborto no sana ese daño; muchas veces lo agrava, porque la mujer carga luego con la culpa de haber quitado la vida a un inocente. Quien debe responder por el crimen es el violador, no el niño. Y ante las malformaciones congénitas, rechazar una vida porque no se desarrolla de forma perfecta revela un problema más profundo: la incapacidad de reconocer el valor intrínseco de todo ser humano como portador de la imagen de Dios.
En cuanto al riesgo para la vida de la madre, el argumento también se desmonta. En casos como la eclampsia, la práctica médica consiste en extraer al niño y colocarlo en incubadora, luchando por ambas vidas. Eso no es aborto. Además, permitir que sea el nivel tecnológico el que determine cuándo hay vida es un criterio arbitrario e inestable. Una sociedad que no está dispuesta a sostener la vida en su forma más vulnerable —incluyendo los costos que implica— ha perdido algo esencial de su humanidad.