Miguel Núñez • 31 julio, 2018
La enseñanza de que el hombre es cabeza de la mujer genera mucha confusión cuando se saca de su contexto original. La respuesta no es que este principio aplique a todas las relaciones entre hombres y mujeres en cualquier ámbito de la vida, sino que tiene dos espacios concretos donde Dios lo ha establecido: el matrimonio y la iglesia. Fuera de esos dos ámbitos, no hay base bíblica para afirmar que cualquier hombre tenga autoridad automática sobre cualquier mujer. De lo contrario, como señala el pastor Miguel Núñez, una mujer que se mueve en la sociedad tendría miles de hombres "de cabeza" simultáneamente, lo cual no tendría ningún sentido.
El texto central es Efesios 5, donde el apóstol Pablo compara la relación del esposo con su esposa con la de Cristo y la iglesia. Esa comparación misma delimita el alcance: así como Cristo es cabeza en su relación de esposo con la iglesia como novia, el hombre es cabeza dentro de esa misma lógica conyugal. No es una jerarquía general entre géneros, sino una responsabilidad específica dentro del pacto matrimonial.
Pero ser cabeza tampoco significa ser jefe incuestionable cuya palabra siempre es la última. Es un liderazgo de servicio, manso, humilde y santo, orientado a impulsar el crecimiento espiritual de la esposa y de toda la familia hacia los caminos de Dios. Es una responsabilidad de gran peso que debe ejercerse con entrega y gozo.
En cuanto a la iglesia, 1 Timoteo 3 establece que los pastores y ancianos deben ser hombres, usando con claridad el lenguaje de varón y marido. Las mujeres pueden ejercer liderazgo en áreas como la enseñanza de niños, la escuela dominical o el cuidado del nursery, y lo hacen muy bien. Pero el gobierno pastoral de la congregación pertenece a los hombres, según lo que la Palabra declara.