Miguel Núñez • 22 agosto, 2017
La adoración a María no tiene sustento bíblico. La Biblia sí presenta a María como una mujer santa y justa, lo cual tiene sentido dado que Dios escogió una joven que viviera en cierta santidad para traer al mundo a su Hijo. Pero en ningún momento las Escrituras le atribuyen una superioridad sobre el resto de los seres humanos que justifique su adoración. Solo Dios es digno de ser adorado; cualquier otra cosa cae en idolatría.
Para entender cómo surgió este culto, hay que mirar la historia. Cuando el cristianismo comenzó a ser oficializado dentro del Imperio Romano —a partir de la conversión de Constantino en el 312-313 d.C. y luego con la adopción del catolicismo romano como religión oficial del imperio— se produjo una mezcla peligrosa. Muchos ciudadanos se convirtieron en nombre pero no en corazón, trayendo consigo sus antiguas costumbres paganas. Las deidades que antes adoraban fueron siendo reemplazadas por santos, y en muchas regiones donde existía un culto a diosas como Diana o Venus, esa devoción fue trasladándose gradualmente hacia María. El caso de Éfeso es especialmente ilustrativo: allí el culto a Diana era tan arraigado que cuando Pablo predicó contra la adoración de imágenes, se desató un tumulto con el grito "¡Grande es Diana, diosa de los efesios!" Con el tiempo, esa misma devoción encontró en María una figura sustituta.
Las consecuencias de este proceso han sido profundas y duraderas. Hoy Roma llega al punto de considerar a María co-redentora junto con Jesús, una idea que no tiene ningún fundamento en las Escrituras. Las ideas tienen consecuencias, y cuando se adoptan ideas equivocadas, esas consecuencias pueden volverse universales y permanentes a lo largo de los siglos.