Miguel Núñez • 13 octubre, 2017
Cuando el creyente atraviesa tiempos de dolor y sufrimiento, la oración no tiene una sola forma correcta. Dios invita a su pueblo a acercarse con honestidad, con múltiples peticiones, y con la confianza de que Él sostiene aun cuando no quita la prueba. Pedir que el sufrimiento termine es completamente válido, pero es necesario hacerlo con la disposición de rendirse a la voluntad de Dios si Él decide no removerlo. Así lo vivió el apóstol Pablo, quien pidió tres veces que Dios le quitara el aguijón, y recibió como respuesta que la gracia divina era suficiente y que el poder de Dios se perfecciona en la debilidad.
Junto a esa petición, el creyente puede pedir entendimiento para ver lo que Dios quiere enseñarle en la prueba, gracia para atravesarla sin desesperarse, paciencia, y también dirección para saber a quién acudir o con quién orar. El Señor Jesucristo mismo modeló esta actitud en el Jardín de Getsemaní: deseaba que la copa pasara de Él, pero sometió su voluntad a la del Padre.
También hay espacio para la gratitud en medio del sufrimiento. Agradecer que Dios acompaña, que hay hermanos que oran, que hay recursos para enfrentar la enfermedad —cosas que otros no tienen— es también una forma genuina de orar. Y cuando el creyente ni siquiera sabe cómo pedir, puede recordar que el Espíritu intercede por él con gemidos indecibles, tal como lo expresa Romanos. El pastor Núñez comparte que en momentos así él mismo ha orado citando esa promesa, pidiéndole al Espíritu que interceda donde sus propias palabras no alcanzan.
La tribulación puede convertirse en la ocasión para conocer a Dios más profundamente: su gracia, su poder, su fidelidad. Esa es quizás la petición más transformadora que el creyente puede hacer: que no salga de la prueba sin haber conocido mejor al Dios que lo sostiene en ella.