Miguel Núñez • 9 octubre, 2017
Dios no es un espectador pasivo de lo que ocurre en su creación. La Biblia enseña con claridad que él ejerce un control activo sobre todos los fenómenos naturales, y que ese control es precisamente lo que define su soberanía y su providencia. La soberanía habla del derecho de Dios a gobernar; la providencia, del ejercicio concreto de ese gobierno. Si Dios no pudiera controlar un huracán o un terremoto, tampoco podría garantizar el cumplimiento de sus propias profecías, y su omnisciencia y omnipotencia quedarían vacías de significado.
Muchos creyentes sienten la tentación de "defender" a Dios desvinculándolo de las catástrofes naturales, como si eso lo hiciera más aceptable o más bueno. Pero la Biblia no da lugar a esa salida. Amós 3.6 pregunta retóricamente si hay calamidad en una ciudad que el Señor no haya causado, y la respuesta implícita es contundente: no. Mateo 10.29 añade que ni dos pajarillos caen al suelo sin el consentimiento de Dios. Si algo tan insignificante no escapa a su control, mucho menos lo hace una catástrofe que cobra vidas.
El pastor Núñez ilustra esta incongruencia con una historia elocuente: tras un terremoto en California, un grupo de pastores concluyó que Dios no había tenido nada que ver con el desastre. Sin embargo, al cerrar en oración, uno de ellos le agradeció a Dios porque el terremoto ocurrió a las seis de la mañana y no a las diez, cuando las oficinas estaban llenas. La contradicción es evidente: no se puede negar que Dios causó el terremoto y al mismo tiempo darle gracias por la hora en que ocurrió.
La conclusión es sencilla pero profunda: si Dios no tiene control sobre su creación, no es Dios. Y si hay algo que se salga de su control, la confianza del creyente no tiene fundamento real. La fe cristiana descansa precisamente en que nada —ni los fenómenos más violentos de la naturaleza— escapa a las manos de aquel que gobierna todas las cosas.