Miguel Núñez • 16 julio, 2018
Las leyes del Antiguo Testamento que hoy pueden parecernos severas o incluso crueles no nacieron del capricho de un Dios autoritario, sino de una profunda misericordia hacia sociedades que vivían en un caos moral sin freno. Para entender esto, hay que recordar que desde el principio, en el jardín del Edén, Dios le advirtió a Adán que el pecado traía consigo la muerte —sin segunda oportunidad. Que Adán haya vivido más de novecientos años después de pecar no fue descuido de Dios, sino gracia, una deuda moral que quedaría abierta hasta que Cristo la pagara en su totalidad.
Cuando llegó la ley de Moisés, el mundo ya había pasado por el diluvio y las sociedades funcionaban con una lógica de venganza desproporcionada: una bofetada podía costarle la vida al agresor. En ese contexto, la famosa ley del talión —ojo por ojo, diente por diente— no fue una ley de crueldad, sino una ley que limitaba el daño. Lo que Dios estaba diciendo era, en esencia, que el castigo debía ser proporcional a la falta, no mayor. Si robabas una oveja, solo podían quitarte una oveja. Ese fue un avance de misericordia, no de dureza.
En cuanto a si Cristo abolió esas leyes, la respuesta depende de qué tipo de ley se trate. La ley de Moisés se entiende en tres partes: las leyes ceremoniales, que apuntaban a Cristo y se cumplieron en él; las leyes civiles, dadas específicamente para Israel como nación; y la ley moral, resumida en los diez mandamientos, que permanece vigente. Lo ceremonial y lo civil quedaron atrás; lo moral sigue en pie, porque refleja el carácter eterno de Dios.