Miguel Núñez • 23 marzo, 2017
El amor al dinero y el deseo de superación pueden parecer similares desde afuera, pero nacen de motivaciones completamente distintas. Quien ama el dinero lo busca como un fin en sí mismo: quiere acumular para disfrutar, para sentirse seguro y para ejercer poder sobre otros. El pastor Núñez señala que detrás de esa acumulación hay tres impulsos recurrentes: el placer, la seguridad y el poder. El dinero se convierte en el medio para comprar viajes, posiciones, opiniones, relaciones e incluso silencio. Y cuando la seguridad descansa en lo acumulado, Dios queda desplazado de ese lugar.
Quien tiene un genuino deseo de superación, en cambio, no está calculando cuánto dinero tendrá a cierta edad ni comparándose constantemente con quienes lo rodean. Su enfoque está en la excelencia de su trabajo y en la preparación que lo lleva de un nivel al siguiente. El dinero puede llegar como resultado de esa excelencia, pero nunca es el motor que lo mueve ni la medida con la que evalúa su progreso.
Una distinción especialmente reveladora aparece en el tema de la seguridad. Puedes comprar una póliza de seguro de salud, pero no puedes comprar la salud. Puedes comprar un seguro de vida, pero no puedes comprar más años de vida. El creyente que entiende esto no busca seguridad en lo que acumula, sino en su relación con Dios, quien es el verdadero proveedor. La pregunta de fondo no es cuánto dinero tienes, sino en qué —o en quién— descansa tu confianza.