Miguel Núñez • 21 julio, 2017
Confrontar a un hermano en pecado es una responsabilidad que la Biblia toma en serio, y el camino que traza no es arbitrario sino profundamente misericordioso. El punto de partida es la privacidad: antes de que nadie más se entere, el creyente debe ir a solas con su hermano. La meta no es exponer ni avergonzar, sino darle la oportunidad de arrepentirse sin costo público. Mateo 18 es el pasaje que estructura este proceso con claridad, y una aclaración importante que el pastor Núñez destaca es que las traducciones más literales no limitan este deber a cuando el pecado es "contra ti" —el texto original simplemente dice "si tu hermano peca", lo cual convierte el cuidado de la santidad del otro en una responsabilidad general del creyente.
Si el hermano no responde al primer encuentro, el siguiente paso es ir acompañado de dos o tres personas. Entre una etapa y otra debe pasar un tiempo razonable —días, semanas o meses, según la gravedad y la respuesta— para dar espacio genuino al arrepentimiento. Si aun así persiste en el pecado, el asunto llega a los líderes y eventualmente a la iglesia. Pero incluso ahí, el propósito no es la expulsión inmediata: es que hermanos cercanos lo busquen, lo llamen, lo visiten. La excomunión, como último recurso, busca que la soledad y la pérdida de la comunidad sean la presión final que lo conduzca al arrepentimiento.
Todo este proceso, sin embargo, exige una actitud interior que lo sostiene: humildad, mansedumbre y amor. Gálatas 6:1 advierte que quien confronta debe hacerlo con cuidado de sí mismo, porque nadie es inmune a caer. La confrontación fiel no nace de la indignación ni de la superioridad moral, sino del dolor genuino ante el pecado del hermano y del deseo sincero de verlo restaurado.