Miguel Núñez • 16 agosto, 2017
La práctica de la penitencia —esas oraciones o actos que un sacerdote prescribe tras escuchar la confesión de un pecador— no tiene respaldo en la enseñanza bíblica. Forma parte del sistema de Roma, en el que el sacerdote pronuncia palabras de absolución como si tuviera una autoridad que, en realidad, solo pertenece a Cristo. El problema de fondo es que esa práctica supone que el perdón depende, al menos en parte, de lo que el pecador hace: rezar ciertos padrenuestros, ciertos avemarías, cumplir determinadas obras.
En el Antiguo Testamento, sí existía un sistema sacerdotal en el que el fiel ofrecía sacrificios en el templo o el tabernáculo, y el sacerdote actuaba como intermediario ante Dios. Pero esa sangre de toros y machos cabríos, como señala el autor de Hebreos, no podía remover la culpa de la conciencia del pecador. Lo que hacía Dios, como explica Pablo en Romanos 3, era pasar por alto ese pecado en espera del verdadero Cordero que vendría: Jesucristo.
Con la muerte de Cristo y la inauguración del nuevo pacto, ese sistema quedó transformado para siempre. El velo del templo fue rasgado en dos, lo que simboliza que el acceso directo al trono de la gracia quedó abierto para todo creyente. Cristo dijo "consumado es" porque su sacrificio fue completo, suficiente y permanente. Añadir penitencias personales a ese sacrificio sería negar su suficiencia.
Lo que permite que prácticas así se cuelen en la iglesia es la decisión de colocar la tradición y el magisterio eclesiástico por encima —o al lado— de la Biblia. Cuando eso ocurre, enseñanzas que no tienen fundamento escritural terminan presentándose como si lo tuvieran.