Miguel Núñez • 4 julio, 2018
La pregunta de si los padres cristianos deben obligar a sus hijos a asistir a la iglesia parece generar debate, pero en realidad revela una inconsistencia difícil de justificar. Ningún padre duda en llevar a sus hijos al colegio aunque no quieran ir, ni espera su consentimiento para llevarlos al médico o imponerles límites como no conducir antes de la edad legal. Nadie teme que esas obligaciones les generen odio a la educación o a la salud. Sin embargo, con la iglesia aparece un razonamiento distinto: "No lo llevo para que no le coja odio." El pastor Núñez confiesa que, a lo largo de años de ministerio pastoral, nunca ha podido entender cómo esa lógica encuentra su lugar únicamente cuando se trata de la iglesia.
La respuesta que ofrece no es complicada: los niños y jóvenes no tienen la madurez para decidir lo que les conviene, y precisamente por eso los padres toman decisiones por ellos en cada área de la vida. La iglesia no es la excepción; es, si acaso, la más urgente de todas.
Y la razón es profunda: la iglesia es el lugar donde el evangelio se proclama semana a semana. Si un hijo va a tener alguna oportunidad de encontrarse con Cristo, de escuchar el mensaje que puede guardarlo del infierno, esa oportunidad aumenta cada vez que está presente. Mantenerlo fuera de la iglesia para proteger su comodidad es, en el mejor de los casos, una compasión mal dirigida.