La Biblia no menciona el noviazgo como tal, y eso no es un accidente histórico sino un dato que obliga a pensar con mayor cuidado en lo que ese tiempo debe significar para un cristiano. En la cultura hebrea del tiempo de Jesús existía más bien un período de compromiso —como el que vivieron José y María— que podía durar cerca de un año, durante el cual no había convivencia ni intimidad física, pero la relación era tan seria que deshacerla equivalía prácticamente a un divorcio.
La cultura occidental ha distorsionado ese concepto hasta convertir el noviazgo en un espacio para "probar" distintas personas, e incluso para experimentar la intimidad sexual con el argumento de que eso ayuda a saber si habrá compatibilidad en el matrimonio. Esa idea es contraria a la Escritura. El noviazgo cristiano no es una prueba de opciones, sino el camino serio hacia el matrimonio con una persona específica a quien se cree que Dios ha dado como compañero o compañera de vida.
De ahí que el pastor Miguel Núñez recomiende que nadie entre en una relación de noviazgo hasta estar prácticamente listo para casarse. Un noviazgo demasiado corto no da tiempo suficiente para conocerse bien; uno demasiado largo se vuelve peligroso, porque con el paso del tiempo los límites físicos tienden a ceder. El rango de uno a dos años aparece como una referencia de sabiduría práctica, no como una regla bíblica rígida.
El llamado final es especialmente directo para los jóvenes: evitar el noviazgo en la adolescencia, guardar la pureza física, y buscar que esa relación sea reconocible por su santidad. Las decisiones tomadas sin freno en esa etapa tienen costos reales que se pagan más adelante.