Miguel Núñez • 12 junio, 2018
Servir a Dios en la iglesia no es simplemente ofrecerse a hacer algo. Hay un llamado detrás de cada servicio, pero ese llamado viene acompañado de requisitos reales que deben ser cultivados con seriedad. La pregunta no es solo si quiero servir, sino si estoy preparado para hacerlo bien.
El ejemplo más claro lo encontramos en los propios discípulos. Cristo los llamó, pero no los lanzó de inmediato a la tarea. Durante tres años los formó: les enseñó doctrina, corrigió su carácter y los moldeó hasta que pudieran ser ejemplo para otros. Solo entonces, como vemos en el libro de los Hechos, se les confió la iglesia. Ese proceso revela con claridad qué se necesita para servir: conocimiento de la Palabra, carácter cristiano auténtico y las habilidades concretas que cada función demanda.
Y esto aplica a todos los niveles. El pastor Núñez usa el ejemplo del ministerio de parqueadores para ilustrarlo: quien ayuda a estacionar un auto no necesita ser teólogo, pero sí necesita conocer el evangelio que representa y mostrar la cortesía, la amabilidad y la paciencia que Cristo produce en sus seguidores. La primera impresión que recibe alguien al llegar a una iglesia puede hablar más del carácter de Cristo —o contradecirlo— que cualquier sermón.
Lo que descalifica, entonces, no es solo el pecado visible, sino la ausencia de estos elementos esenciales: fe genuina, conocimiento proporcional a la función, carácter que sirva de modelo y dones congruentes con el área de servicio. Cuando estos cuatro elementos coinciden, el servicio glorifica a Dios y edifica a quienes lo rodean.