Miguel Núñez • 9 mayo, 2017
La Biblia no prohíbe categóricamente el consumo de alcohol, pero sí prohíbe con claridad el emborracharse. Esta distinción es el punto de partida para entender lo que la Palabra realmente demanda del creyente. El problema del alcohol no es la sustancia en sí misma, sino lo que hace en el cuerpo: deprime los centros inhibitorios del cerebro, dejando a la persona sin dominio propio y capaz de hacer cosas que en su sano juicio nunca haría. Por eso la Escritura llama al cristiano a evitar todo aquello que le quite ese dominio, ya sea alcohol, drogas o incluso medicamentos usados de forma abusiva.
Uno de los errores más comunes es pensar que la borrachera solo ocurre cuando alguien no puede caminar o hablar con claridad. Pero el nivel de alcohol en sangre que la ley considera suficiente para detener a un conductor ya representa una alteración real del juicio. El pastor Núñez lo señala directamente: si la policía tiene problemas con ese nivel, Dios tendría mucho más, pues el cristiano debe estar bajo la influencia del Espíritu y no del alcohol.
A esto se suma la responsabilidad hacia los demás. Pablo, en 1 Corintios 8, habla de la carne sacrificada a los ídolos y llega a decir que si eso hiere la conciencia del hermano, preferiría no comer carne jamás. El mismo principio aplica al alcohol: el creyente debe considerar el efecto que su conducta tiene en quienes lo rodean.
Abstenerse por amor al hermano no es esclavitud. Es esclavitud cuando uno cede por temor al juicio ajeno. Pero cuando la decisión nace del amor de Cristo que obra por el Espíritu Santo, eso es verdadera libertad: hacer libremente lo que Dios quiere.