Miguel Núñez • 30 octubre, 2017
El corazón de la Reforma protestante puede resumirse en cinco afirmaciones que no son simples eslóganes históricos, sino convicciones profundamente bíblicas: Sola Escritura, Sola Fide, Sola Gracia, Solus Christus y Soli Deo Gloria. Conocer estas cinco solas es, en esencia, conocer lo que distingue a una iglesia verdaderamente reformada.
Los reformadores protestaron contra la Iglesia de Roma por dos razones principales. Primero, porque Roma había elevado la tradición y el magisterio eclesiástico al mismo nivel que la Palabra de Dios. Frente a eso, insistieron en que solo la Escritura tiene autoridad final. Segundo, porque Roma enseñaba que la salvación involucra tanto la gracia y la fe como las obras y los sacramentos. Los reformadores respondieron con la claridad de Efesios 2:8–9: la salvación es un don de Dios, por gracia mediante la fe, sin obras. Como Pablo argumenta en Romanos, gracia y obras se excluyen mutuamente; no pueden coexistir como base de la salvación.
A esto se suma que la salvación pertenece únicamente a Cristo, no a los medios que la iglesia pueda ofrecer, y que su propósito último es la gloria de Dios. Isaías 43:7 declara que Dios formó a su pueblo para su propia gloria, y Efesios 1 repite tres veces que fuimos elegidos desde antes de la fundación del mundo para la alabanza de su gracia.
Vale notar que estas cinco frases en latín no fueron acuñadas por los reformadores mismos, sino por discípulos posteriores que identificaron en ellas el resumen fiel de lo que aquellos habían enseñado. Son, en palabras del pastor Miguel Núñez, la columna vertebral de la Reforma.