Miguel Núñez • 10 agosto, 2017
La Biblia no es simplemente un libro antiguo de sabiduría humana: es la Palabra de Dios mismo. Pero ¿sobre qué bases podemos afirmar eso con confianza? La respuesta comienza con lo que la propia Escritura declara acerca de sí misma. A lo largo del Antiguo Testamento, los profetas hablaban introduciendo sus mensajes con la frase "así dice el Señor", dejando claro que las palabras no eran suyas sino de Dios. En algunos casos, Dios incluso dictó directamente lo que debía ser escrito.
A esto se suma el testimonio de pasajes clave. Segunda de Pedro nos recuerda que ninguna Escritura surgió por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios. Si hablaron de parte de Dios, lo que dijeron es Palabra de Dios: la lógica es tan sencilla como poderosa. Del mismo modo, el inicio de la Epístola a los Hebreos declara que Dios habló en múltiples ocasiones y de múltiples maneras a través de los profetas, y que en estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo. Ese pasaje afirma con toda claridad que el origen de la revelación es divino.
También el cumplimiento preciso de las profecías del Antiguo Testamento en Cristo Jesús apunta a un origen sobrenatural. Nadie puede coordinar con tanta exactitud eventos separados por siglos sin una inspiración verdaderamente divina. Y en cuanto a los Evangelios, sus autores —ya fueran testigos directos como Mateo y Juan, investigadores como Lucas, o transmisores de fuentes apostólicas como Marcos con Pedro— estaban recogiendo lo que Cristo mismo hizo y enseñó. Todo esto converge en una misma conclusión: lo que tenemos en la Biblia salió de Dios.