Miguel Núñez • 25 mayo, 2017
Cuando alguien viene a Cristo cargando un pasado delictivo, surge una pregunta que no tiene una respuesta única ni sencilla: ¿qué obligaciones quedan pendientes ante la sociedad y las autoridades? La respuesta depende del tipo de pecado cometido, porque no es lo mismo haber robado una pequeña cantidad que haber quitado una vida. Por eso, más que dar una fórmula, lo que la Biblia ofrece son principios que ayudan a pensar con sabiduría caso por caso.
El primer principio es claro: en Cristo, el perdón es real y completo. Dios no echa en cara los pecados que ya perdonó. Pero ese perdón celestial no siempre agota las responsabilidades terrenales. Hay pecados que requieren confesión y restitución ante personas concretas. El pastor Núñez pone el ejemplo de un hombre que tiene un hijo fuera del matrimonio y que, al convertirse, necesita buscar a ese hijo, pedir perdón y explicar su nueva vida. La conversión genuina mueve el corazón a hacer esas cosas difíciles que antes se evitaban por miedo.
Zaqueo ilustra esto con fuerza: al encontrarse con Cristo, su corazón fue tocado y él mismo propuso devolver cuadriplicado lo que había defraudado y dar la mitad de sus bienes a los pobres. No fue una exigencia legal, sino la respuesta de una conciencia renovada. Ese es el patrón: el Espíritu Santo obra en cada creyente de manera particular, mostrándole qué pasos concretos debe dar.
Lo que está en juego no es solo la paz personal del creyente, sino la reputación del nombre de Cristo. Un cristiano con un pasado oscuro que no actúa con integridad puede convertir su testimonio en piedra de tropiezo. La oración, la reflexión, la guía de maestros maduros y la dirección del Espíritu son los recursos que Dios ha dado para discernir bien en cada situación.