Miguel Núñez • 26 julio, 2017
La Biblia no tiene un versículo que diga de forma directa cuál es el rol de la mujer, pero sí ofrece principios claros que dan forma a una respuesta. El punto de partida está en la creación: Dios trajo a Eva ante Adán como su ayuda idónea, y esa palabra —idónea— es significativa. No es cualquier ayuda, sino una dotada de dones, perspectivas y capacidades que el hombre no posee. Desde ahí, la mujer puede hacer prácticamente todo lo que el hombre hace, con una excepción concreta: ejercer autoridad sobre el hombre en la iglesia y enseñarle, según lo establece 1 Timoteo 2. Ese límite es específico al contexto eclesial; fuera de él, una mujer puede ser profesora, jefa o líder en cualquier ámbito.
Pero el pastor Núñez distingue entre lo que la mujer puede hacer y lo que es sabio que haga. Una madre con hijos pequeños en casa puede trabajar fuera del hogar, pero hacerlo mientras delega la crianza a una nanny que no comparte sus valores, su amor ni sus convicciones no es la decisión más sabia. La limitante no es el género, sino el rol que ese momento de vida exige.
Hay otras áreas donde aplica el mismo principio de sabiduría, aunque no haya mandato explícito. Que una mujer sea la autoridad máxima de una nación, o que esté en el frente de combate, son realidades posibles pero que van a contracorriente del diseño con el que Dios formó a la mujer: para dar vida, nutrir y criar. En la medida en que los hombres han abandonado su llamado al liderazgo, la mujer ha tenido que ocupar esos espacios. No por vocación, sino por necesidad.