Miguel Núñez • 23 noviembre, 2017
¿Por qué Dios colocó el árbol del conocimiento del bien y del mal en el jardín del Edén? La respuesta honesta es que Dios no ha revelado explícitamente su propósito, y cualquier intento de responder con certeza absoluta entra en territorio especulativo. Aun así, hay algo que el relato mismo deja ver con claridad: ese árbol fue una prueba.
La prueba no era complicada. Dios le había entregado a Adán y Eva la administración de un planeta entero. Todo era de ellos para gobernarlo, someterlo y desarrollarlo. La única limitación era una sola fruta. Y sin embargo, eso fue suficiente para revelar algo profundo sobre el corazón de la criatura: no tolera los límites. No importa cuán pequeña sea la restricción, la criatura quiere hacer su propia voluntad. Satanás aprovechó exactamente ese punto al sugerir que Dios les prohibía la fruta porque no quería que fueran como él, sembrando desconfianza y codicia donde había abundancia y confianza.
Lo que el árbol expone, entonces, no es la maldad de la fruta sino la rebelión latente en el corazón humano: el deseo de autonomía total, de no ser criatura sino creador. El hombre prefirió codiciar lo único prohibido antes que disfrutar todo lo demás.
La esperanza, señala el pastor Núñez apoyándose en lo que Pedro escribe sobre ser participadores de la naturaleza divina, está en la obra transformadora del Espíritu Santo en el creyente. Esa transformación progresiva hacia la imagen de Dios es lo que garantiza que, en la gloria, la criatura redimida no volverá a rebelarse.