Miguel Núñez • 7 junio, 2017
El bautismo no es un acto que produce salvación ni infunde gracia, sino un testimonio público de algo que ya ha ocurrido en el interior del creyente. Cuando una persona nace de nuevo, el bautismo es la manera en que ella declara abiertamente, ante una comunidad, su identificación con la persona y la causa de Jesucristo. No es el momento en que algo cambia espiritualmente, sino el momento en que ese cambio se hace visible para los demás.
El bautismo de Jesús en el Jordán ilumina bien este significado. Jesús no necesitaba perdón ni regeneración, pero al bautizarse ante Juan inauguró públicamente su ministerio. Fue el Padre mismo quien dio el testimonio más claro en ese momento, al enviar el Espíritu Santo en forma de paloma y declarar: "Este es mi Hijo amado en quien tengo complacencia." Incluso en ese caso, el bautismo funcionó como una señal pública que identificaba a una persona y lo que ella representaba.
La diferencia con la enseñanza católica romana es importante. Roma sostiene que en el bautismo se infunde una gracia que perdona los pecados del bautizado, y que los pecados mortales posteriores pueden destruir esa gracia, la cual debe recuperarse mediante obras, oraciones y penitencias. La perspectiva evangélica reformada rechaza esto: el bautismo no salva ni merece nada delante de Dios.
Sumergirse en el agua simboliza dejar atrás el pecado; salir de ella simboliza comenzar una vida nueva. Pero lo que el bautismo simboliza ya sucedió antes de entrar al agua. Es una actuación visible de una realidad interna, y una promesa pública ante la comunidad de vivir de manera coherente con esa nueva vida.