Miguel Núñez • 10 agosto, 2018
Determinar si un cristiano puede practicar deportes extremos no es tan sencillo como responder sí o no. La respuesta depende del tipo de deporte y, sobre todo, de si ese deporte compromete el cuidado responsable del cuerpo que Dios nos ha dado.
El pastor Miguel Núñez señala que deportes como el boxeo profesional presentan consecuencias médicas documentadas, entre ellas microhemorragias cerebrales asociadas al desarrollo de enfermedades como el Alzheimer. Ante esa evidencia, el pastor Núñez no puede concebir que un cristiano participe en ello, ni siquiera como espectador que paga por ver a dos portadores de la imagen de Dios destruirse mutuamente. Con la lucha libre ocurre algo parecido: si es un espectáculo sin violencia real, puede ser entretenimiento; pero cuando hay sangre y golpes verdaderos, lo único que se alimenta es la violencia entre seres humanos.
El fútbol abre una conversación diferente, porque en general puede practicarse de forma saludable, aunque estudios recientes también apuntan a microhemorragias por el impacto del balón. Aquí la línea se vuelve más borrosa, y la propuesta no es eliminar el deporte sino regularlo mejor para reducir el daño. También se reconoce que muchos deportistas terminan con artritis y problemas articulares; si alguien elige asumir esas consecuencias físicas de forma consciente, esa es su responsabilidad personal ante Dios.
El principio que lo sostiene todo es que el cuerpo es templo del Espíritu Santo y el creyente es responsable de cuidarlo. Cuando se ignora ese cuidado, tarde o temprano llegan las consecuencias, y Dios, de alguna manera, pasa factura.