Miguel Núñez • 19 octubre, 2017
La Reforma Protestante no fue simplemente un quiebre institucional que debilitó a la Iglesia Católica. Su importancia más profunda y duradera fue que rescató el Evangelio, que había permanecido oscurecido durante casi diez siglos. Desde aproximadamente el siglo V hasta el siglo XV, tanto la Iglesia como la sociedad vivieron en tinieblas espirituales. De ahí nació la famosa frase que resume aquel momento histórico: después de la oscuridad, luz. Y esa luz no era otra cosa que el Evangelio, el único camino de salvación. Sin él, lo único que queda es condenación.
Pero la Reforma hizo algo más que recuperar el mensaje de salvación. Devolvió a Dios su lugar central en todo: en la vida, en el universo, en la Biblia, en la historia. El hombre fue creado para la gloria de Dios, y esa verdad lo cambia todo. Una iglesia que predica con Dios en el centro no empobrece al hombre; al contrario, cuando Dios es glorificado, el hombre es bendecido. Estas dos realidades no pueden separarse. El problema es que, antes de la Reforma y aún hoy en Latinoamérica, predomina una predicación antropocéntrica donde lo que más importa es el futuro del hombre, no la gloria de Dios.
Esa visión teocéntrica transforma la vida cotidiana. El trabajo ya no es solo un medio para ganar un salario, sino un espacio para glorificar a Dios y reflejar sus virtudes. El estudio y la ciencia misma se convierten en el descubrimiento de la sabiduría divina, y por eso deben correr por cauces éticos. La Reforma, en definitiva, nos entregó una cosmovisión bíblica que nos permite entendernos no solo como creyentes dentro de la iglesia, sino como ciudadanos del mundo llamados a ser luz y sal en medio de él.