Miguel Núñez • 25 junio, 2018
La ley mosaica sobre el certificado de divorcio en Deuteronomio 24 no es una aprobación divina del divorcio ni de los matrimonios múltiples. Es, ante todo, una medida de protección para la mujer en un contexto cultural donde los matrimonios se formalizaban sin ningún documento y donde un hombre podía despedir a su esposa por razones tan arbitrarias como que no cocinaba bien, para luego reclamarla cuando ella ya había comenzado una nueva vida.
Lo que Moisés regula es una práctica que estaba causando daño real a mujeres reales. Al exigir una carta de divorcio, la ley le garantizaba a la mujer algo concreto: su libertad. Ya no era posible que el marido que la había despedido apareciera después a reclamarla como si nada hubiera ocurrido. Y si ella se casaba con otro, y ese segundo matrimonio también terminaba, el primer marido no podía volver a tomarla. Dios no muestra misericordia aquí con el hombre que actuó mal; le hace experimentar las consecuencias de su propia decisión. No volvería a tener lo que él mismo eligió soltar.
Este principio conecta con lo que Dios expresa en Malaquías, donde le dice al pueblo que no escucha sus oraciones precisamente porque han sido desleales con la mujer de su juventud. El plan de Dios nunca ha cambiado: un hombre para una mujer, una mujer para un hombre. Profetas y sacerdotes lo ilustraron con sus propias vidas. La ley de Moisés no contradice ese plan; lo defiende protegiendo a quienes más sufrían cuando era violado.