Miguel Núñez • 21 mayo, 2018
Permitir que un adolescente tenga novio o novia puede parecer algo inofensivo o simplemente parte del crecimiento, pero hay razones de peso —emocionales, relacionales y prácticas— por las que no es sabio hacerlo. La postura que se enseña en la congregación es clara: una relación de noviazgo no es para experimentar ni para "conocer personas", sino que debe tener como horizonte genuino el matrimonio. Y si ese es el propósito, entonces quien entra en ella debe estar en condiciones reales de cumplirlo.
Un joven de 16, 17 o 18 años todavía no tiene la madurez emocional para elegir bien a una pareja, ni para seguir creciendo dentro de una relación de manera saludable. Lo que suele ocurrir es que la sensualidad toma el lugar que debería ocupar la comunicación y el conocimiento mutuo. Esto está documentado: cuando una pareja comienza a tener relaciones sexuales, el nivel de comunicación disminuye notablemente, porque el interés se desplaza hacia lo físico. Además, una relación que se extiende por muchos años acumula sus propios peligros: el enfriamiento, la ruptura de límites, y heridas que, aunque perdonadas, dejan su marca.
El pastor Núñez también aborda el argumento de que un padre rico puede solucionar el problema económico. La respuesta es directa: cuando los padres sostienen económicamente a una pareja, el cordón umbilical no termina de cortarse, y la Escritura es clara en que el hombre dejará padre y madre para unirse a su esposa. Por eso, la recomendación es que el noviazgo comience aproximadamente un año o año y medio antes de que la pareja esté lista para casarse, cuando cada uno puede sostenerse por sí mismo y asumir la vida que sus propios medios les permiten construir.