Miguel Núñez • 18 agosto, 2017
La distinción entre pecados mortales y veniales, tal como la enseña la Iglesia Católica Romana, no encuentra respaldo en las Escrituras. Su origen no está en la Biblia sino en un sistema teológico construido sobre la doctrina del bautismo y la infusión de gracia que Roma le atribuye. Según esa enseñanza, al ser bautizado, la persona recibe una gracia especial que perdona todos sus pecados anteriores. El problema surge después: si esa persona peca de cierta gravedad, Roma entiende que esa gracia queda destruida, "muerta". Para recuperarla, el creyente debe confesarse ante un sacerdote, quien lo absuelve y le asigna penitencias. Eso es, en esencia, lo que Roma llama un pecado mortal: no un pecado que mata físicamente al individuo, sino uno que elimina la gracia recibida en el bautismo.
Un pecado venial, en cambio, sería una transgresión que no alcanza esa gravedad y por tanto no destruye esa gracia. Pero el problema fundamental es que nadie sino Roma misma determina cuál pecado pertenece a qué categoría, y eso no aparece revelado en ningún lugar de la Biblia. El pastor Miguel Núñez recuerda haber aprendido en su niñez, durante el catecismo católico, que faltar a misa era un pecado mortal, lo cual se conecta con la creencia de que en cada misa Cristo es nuevamente sacrificado, aunque sin sangre. Un sacerdote llegó a afirmar que una sola misa supera todas las oraciones de todos los santos en toda la historia, precisamente por ese motivo.
Todo este sistema descansa sobre tradiciones y enseñanzas humanas. La gran contribución de los reformadores fue devolver a la iglesia la comprensión clara de que la salvación y el perdón de pecados son completamente por gracia, un debate que Roma sostuvo entonces y sigue sosteniendo hoy.