Miguel Núñez • 17 noviembre, 2017
Cuando Dios ordenó matar a los amalecitas, incluidos los niños, ¿no está haciendo algo igualmente reprochable a lo que hizo Herodes cuando mandó matar a los menores de dos años en Belén? Esta es la tensión que plantea la pregunta, y la respuesta comienza por señalar la diferencia más fundamental: quién da la orden. Herodes era una criatura caída, pecaminosa, sin soberanía ni justicia, que actuó por motivos egoístas. Por eso sus actos son claramente censurables, y quien tiene autoridad para juzgarlos es Dios mismo, precisamente porque Dios está por encima de toda criatura en santidad, justicia y poder.
Pero cuando se plantea si Dios es igualmente censurable, surge una pregunta que desnuda el problema: ¿quién podría censurarlo? Quien censurara a Dios tendría que estar por encima de Él, tener un estándar superior al suyo. Y si existiera ese ser superior, ese sería Dios y no Dios. Mientras Dios sea Dios, Él es el estándar de justicia, y ninguna acción suya puede ser mejorada ni cuestionada desde afuera.
El llamado, entonces, es a comenzar siempre desde la confianza: lo que Dios hace es justo y bueno. Si no lo entendemos, el problema no está en Él sino en nosotros, en nuestro corazón pecaminoso que juzga conforme a su propia condición. Podemos escudriñar las Escrituras para comprender, pero si la respuesta no llega, la fe sostiene que Dios es justo incluso cuando no alcanzamos a verlo.
Job lo expresó con claridad: "Jehová dio, Jehová quitó, bendito sea el nombre del Señor." Dios es igualmente glorioso cuando regala que cuando quita, cuando bendice que cuando disciplina, porque en ambos casos actúa para nuestro bien. Ese es el Dios en quien confiamos.