Miguel Núñez • 26 septiembre, 2017
Formar líderes en la iglesia no es tan sencillo como designar a alguien con buena voluntad o disposición. Hay principios de sabiduría que deben guiar este proceso, y el punto de partida es la observación: así como Jesús no convocó a cualquiera que quisiera seguirle, sino que fue y escogió a doce hombres de manera deliberada, la iglesia debe identificar con cuidado a quienes muestran dones genuinos de liderazgo antes de comenzar a formarlos.
El proceso que el pastor Núñez describe en su propia congregación parte de recomendaciones. Alguien que ha observado a un creyente —su fidelidad, su carácter, su servicio— lo presenta al pastor. Esas personas son incorporadas en un curso de entrenamiento que no es doctrinal, sino enfocado en la formación del carácter y en la comprensión de la visión y filosofía de la iglesia. Este último punto importa más de lo que parece: muchas divisiones eclesiales no nacen de diferencias doctrinales, sino de diferencias filosóficas sobre cómo hacer las cosas.
Luego de ese entrenamiento, los candidatos son colocados en posiciones de liderazgo de menor envergadura —grupos pequeños, ujieres, funciones diaconales— donde pueden ser observados en la práctica real. La Escritura misma lo dice: los diáconos deben ser puestos a prueba primero, y solo los que resulten irreprensibles deben ser ordenados.
El principio rector es claro: la ordenación no es un título de honor, sino el reconocimiento oficial de una labor que ya se venía ejerciendo de manera no oficial. Se ordena a quien ya está diaconizando, a quien ya está enseñando, a quien ya ha demostrado fidelidad a la Palabra. La ceremonia simplemente formaliza lo que la vida ya ha confirmado.